Ausencia

Me aburría enormidades el verla en casa, el estar sentados los dos en el departamento mirando nuestras respectivas pantallas, haciendo precisamente nada. No aguantaba estar con ella, el ir al cine, al parque o al café de la esquina. Pero no podía negarlo, desde que vivíamos juntos me veía teniendo una vida funcional, Lety me había puesto de nuevo en el riel, justo donde mis papás querían verme, y se lo agradecían. Lo cierto es que había logrado avances en lo que llamaban mi “actitud” por lo que la amaban, tanto mis padres como mis hermanas. Al poco se cumplió lo que todos querían: logré conseguir un trabajo aburrido, nos casamos, conseguimos a pagos un departamento. Mis amistades hasta entonces eran subproducto del alcohol y de la fiesta, una bola de borrachas con las que tenía sexo ocasionalmente en asquerosos moteles; con Lety de repente me encontraba en ambientes más relajados, mucho más relajados. Una naturaleza doméstica, antiséptica y brillante, en la que convivíamos, en la que hacíamos el amor y en la que nos fundíamos, como dos almas condenadas estar juntos, a reproducirse, nos envolvía en un manto hipnótico donde, me temía, pasaría el resto de mi vida.

Lo que les molestaba de mí a sus padres era vago, pero yo sentía esta molestia, y la justificaba. En cierta forma esperaban aquel suceso material, aquella acción mía, que terminaría por mostrar mi verdadera cara, destrozando por fin nuestra relación, el amor de porcelana que me unía a su niña. Era claro que su familia tenía dinero para darnos a paladas, eran ricos de abolengo, pero a la hora del dinero vivíamos sólo a expensas de mi magro salario. Al poco de la luna de miel comencé a volverme hiriente, cortante, enajenado siempre en la computadora. Ella, cada día más sentimental, más desesperada por agradarme, ya fuera de una manera u otra, muy pronto comenzó a temer que un día la abandonaría. Entonces pasaba que me rogaba, que se ponía falda, que se enfurecía, que rompía en llanto, que hacía cualquier cosa por llamar mi atención, y yo, imperturbable. Después de estas escenas teníamos un sexo salvaje que sólo me complacía a mí, y esto, malamente. Me gustaba venirme precozmente, después de unas cuantas embestidas nada amigables en su interior. Gracias a Dios, al poco Lety quedó embarazada.

Y las cosas, por supuesto, cambiaron. Su madre nos visitaba seguido, y habían acordado que lo mejor sería que yo cambiara de trabajo. Como era claro que yo no podía, con mi estúpido trabajo actual, mantenerlas a sus dos niñas en una vida digna, así pensaba la señora Nora, ahora teníamos que tener una casa, una casa honrosa, por lo que su padre, Don Moisés, me abrió una plaza en su oficina. Y después se vino la idea de que además de una casa, necesitaríamos ciertas comodidades y seguridades, sobre todo al señor Moisés le molestaba y preocupaba que la señora Nora tuviera que transportarse desde tan lejos, llevando esto a la conclusión de que necesitábamos una casa lo suficientemente cerca de ellos. Yo accedí sin la más mínima queja. La verdad es que en el momento las constantes visitas de su madre, el hecho de que habían detenido las escenas de temor que embargaban a Lety, me ayudaban a dedicarme a otros asuntos; además de todo ello, creo que lo más importante es que mi nuevo trabajo era mucho más relajado. Me dieron una hermosa oficina y comenzaron a olvidarse de mí.

¿De qué otros asuntos hablo? Bueno, tenía en ese entonces ya la manía de ejercitarme todos los días en el gimnasio. Mi vigor sexual iba en aumento, por lo que mi erección había mejorado mucho. Un inconmensurable poder sexual nacido del miedo a madurar me venía de la certeza de saber que ya era padre, hombre de familia, de que era vigilado. Tenía unas ganas inmensas de serle infiel a Lety. Necesitaba cualquier cuerpo. Mínimo una niña de las de diseño de primer nivel. Estas chicas recién estrenadas en la empresa, apenas saliditas del mundo de la Universidad, que por lo general llegaban con la cara soñadora, el ánimo alegre, a su primer trabajo, que en pocos días se lograba borrar por el tedio, la cara malhumorada y la mirada fija en la pantalla. Llegado a este punto, lo que comenzaban a anhelar secretamente era acostarse con algunos de los ejecutivos, con los que éramos soberbias figuras de autoridad que pasábamos entre sus cubículos de dos por dos. Era fascinante pensar que este ser de hombros caídos y movimientos torpes, como decía Schopenhouer, la MUJER, nos transmitiera deseos tan fuertes, dolores cabrones en los testículos si sólo nos prometían un sexo que al final no daban. Esta fiebre que llamamos estar siempre al borde de un ataque de lujuria, me sumía cada vez más en el gimnasio, donde literalmente vapuleaba mi cuerpo.

En la nueva casa me encontré más contento. Era fácil evitarnos entre tantos cuartos desocupados, y lo que hacía ella por lo regular era entregarse totalmente a su embarazo. O sea, que lo que más le importaba era hacer nido, y manifestar el instinto maternal gastando miles en ropitas ridículas para bebé, artículos innecesarios de colores crema que me parecían estúpidos, estorbosos y sosos. Sobre todo comía, se atascaba. Aprovechaba su embarazo para comer como una cerda. Vivía nada más para esa célula multiplicándose en su matriz. Al ver el cambio de actitud en sus padres (ya no la atormentaban criticándonos) se sintió más feliz que nunca. Ahora se posaban sobre ella otra vez con amor no visto desde la adolescencia, un amor que quizás era el que esperaba de mí o de los hombres que habían pasado por su vida, huyendo de sus necesidades sentimentales, de la adoración cursi con la que adoraba a su macho.

Ya había sido infiel con Lety, desde que éramos novios, y ahora, salvo contados casos, había detenido mis romances. Pero, me obstinaba en creer que realmente mi infidelidad no contaba, porque el sexo era casi siempre con desconocidas, mujeres que encontraba por ahí, en cualquier parte, y de las que pronto nos unía el sexo en el motel que estuviera a mano, y con las que no repetía jamás, simplemente por política, porque así no era infiel, creía yo, y me sostenía a mi vida, a mis nobles ideas sobre lo que era la escritura o la vida. Pero en el trabajo la cosa era distinta. Ahora tenía ante mí toda una oficina llena de chicas. Relamidas colas de caballo de mujercitas conectadas a diademas de telecomunicación, maquilladas, deseosas y aburridas. Chicas, que habían mantenido una actitud tímida, mirando con la cabeza gacha, la sonrisa amable, el auricular con el que hablaban, atendiendo de vez en vez al cliente. Y a las que llevaría, una a una, al mismo cuarto. Entre todas estas mujeres, hubo varias que llamaron mi atención. Y esta novela pretende atender con justicia el retrato de su belleza.

Ahora que soy un viejo rancio escritor rabo verde que está bien colocado en una fama inmerecida… Y bueno, eso irá en el capítulo 2.

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Novedad

Me gustaba perderme entre la gente, ser anónimo. De pronto encontraba cómodo mi trabajo, que me movía de un lugar a otro siempre en menos de seis meses; lo que daba tiempo suficiente para hacer y dejar amigos, enamorar y abandonar mujeres. A veces la partida era dolorosa; las más, era claro que la inminencia de la separación me hacía vivir hondamente el amor, la amistad, el espacio y el tiempo. Y a su vez se me trataba con mayor holgura, consideración, desenfado. Lo mejor, se buscaba experimentarme realmente. Se me escuchaba, se apelaba a mi existencia por medio fisiológicos, me alimentaban y me acariciaban. Aunque regularmente mi ida se volvía motivo de fiesta, lo que provocaba hambre de celebración y de desprendimiento. Parecía que me despedían con una gran fiesta que me sobrepasaba, cuyo fin era sobrepasarme, y mi protagonismo se hacía secundario. Estaba presente en la escena como un centro inamovible. Como un rey que saliera durante toda la obra sin hablar, y mirara a los hombres que acuden al poder, suplicantes animales pordioseros, locos adivinos u hombres de ciencia, arlequines o cortesanas de risa fácil. No buscaba dominar la escena. Al contrario, me sentaba a observar el carácter y las dinámicas en que entraban los personajes, como si guiara el jardín de la humanidad, sólo con uno que otro corte de escena. Juzgaba estos finales como otros hombres critican la Literatura. Muchas veces se operaba una especie de sacrificio ritual, en el que alguna amistad ofrecía holocaustos de dinero o de palabras, y las promesas de eterna amistad e incorruptible amor a distancia se realizaban derramando una gota de sangre simbólica en la copa de nada que bebíamos. Aquellos que sabían de mi ida querían sacar realmente jugo de mi presencia. Un amigo borracho me decía palabras desmedidas combinadas con recelos frescos de la última semana mientras nos despedíamos, a la salida del antro, donde vomitaban las chicas que caían en tacones, donde los hombres se abrazaban, y daba lugar una escena ditirámbica.  Ellos a seguirse emborrachando. Y yo y mi novia a estar por fin solos.

       Las mujeres perdían su sentido privativo de reputación conmigo, precisamente porque sabían que me iría, y que nunca podría hacerlas sentir incómodas con mi permanencia en el escenario. Como esas personas importantes en nuestra vida que poco a poco se van convirtiendo en extras al fondo de escena, elementos intercambiables que están sólo para completar la composición de un retrato social, y que evitamos a toda costa, mis partidas debían ser todo menos interesantes. Irme fundiendo lentamente con el fondo, saliendo de foco. No quería yo que hubiera grandes intensidades ni finales dramáticos. Me gustaba disfrutar una salida común y corriente con la hermosa niña del momento. Dar besos relajados como si supiéramos que mañana volveríamos a darlos. Subir por última vez una escalinata hacia un mirador secreto, hacer rodeos para sonreír a la persona que de pronto nos encontraba vivos, respirando, y con la que fundíamos el cuerpo siempre con la esperanza de perder nuestro ego en el proceso. A veces se decían palabras importantes, confesiones ardientes a mitad de la noche, y el rozamiento de todas las barreras legales y morales, con la mujer en un cuarto oscuro donde se confundía todo… Mezcla, alucinación. ¿Qué es un cuerpo nuevo a mitad de la noche? Una invocación de un fantasma en un motel nos hace sentirnos vivos en una locura sin nombre. Una cama de enfermo feliz. Donde de pronto las cosas parecen irreales. Y sabemos que estamos felices. Pero yo huía de la irrealidad. ¿Sería por eso que marchaba? Una especie de conmoción se abría en las cosas cuando yo dejaba de creer en ellas. Las calles, las gentes. Todo se volvía parte de una ficción que no me tocaba. Que me pasaba de largo. Sentía la necesidad de sustrato. Buscaba anheloso tierra firme.

          Yo me sentía en secreto realmente entusiasmado cada que me iba de donde estuviera. Sustancia es novedad, eso parece decirnos la búsqueda afanosa del artista por conseguir formas nuevas de estimulación que nos mantengan vivos. A nosotros, seres humanos que de pronto hemos vivido demasiado necesitamos de cierta variedad de estímulos, cambio de agua y de ambiente. Pensaba en cada uno de los periodos de seis meses, casi siempre en ciudades del interior de la república (cada vez más al interior, donde de pronto todo era como un país extraño), como si fueran novelas que estuviera escribiendo. Novelas cortas, por supuesto, ningún fárrago que al hurgar en la profundidad perfora el fondo y da al pozo. Unas cuantas escenas salteadas unas de otras donde lo que me quedaba era esta obsesión. Una imagen que volvía y volvía. Impresiones e instantáneas. Gente interesante. Cosas que contar. Filosofía de la vida que apenas podía entrever, pero que no podía coger al vuelo. Y me parecía interesante que uno pudiera sentir extraño al país conforme nos acercamos más al corazón de su esencia, y nos alejamos de la megaurbe capital que se parece más a todas las otras megaurbes del planeta.  No es que queramos pertenecer al nomadismo aventurero; al contrario, no queremos ninguna perturbación en la realidad cotidiana, calmada, de relaciones que van creciendo relajadamente, y de pocos o nulos momentos para la parte dramática de la existencia. Sobre todo, evitando que las cosas de pronto cobraran un tamiz irreal. Artificioso. Huía de la irrealidad. Me sentía más cerca de lo real conforme abandonaba la seguridad del trayecto, conforme decidía la próxima ciudad por una conveniencia más o menos racional en el tablero de destinos, lo que no tenía nada de interesante, se podía decir. Y al acercarme a los viajes me sentía en un torbellino. Gente hermosa pasaba a mi lado. El mundo contenía su propia idea, y por velocidad y por sentido me iba asumiendo cada vez más una partícula errática, rara avis del escenario intelectual, o cualquier otra forma de ver mi propia persona, que comenzaba a desdibujarse, y sentía que mi propio pasado pertenecía alguien más, sus errores y demás me parecían cosas ajenas. Esto era lo que me empujaba, una satisfacción en el desprendimiento.

        Porque me empujaba a través de carreteras el sueño. Se hacían cada vez más profundos y más extravagantes los destinos. Las personas. Pronto podría sentirme dentro del flujo de personas. Gente en peregrinajes que iba en dirección contraria. Ellos a sus trabajos por contrato en maquiladoras al otro lado del mundo, y yo por el mundo de pueblos, calles que ascendían y descendían, empedrados callejoncitos románticos en los que las farolas iluminaban a las parejas que se besaban con prisa. No quería yo otro mundo más que la profundidad de latinoamérica, el tuétano del continente, de toda una especie de hombres venidos de occidente y recreados de este lado, siguiendo la línea del latín y de la larga estupefacción en consistió el realismo mágico. Escribía largos panfletos en las que las ideas no cuajaban. Como otros tenían una obra artificial que quería hacer pasar por personal, yo quería que la mía, demasiado personal, fuera alejándose lentamente de mí y de mis ideas. La sucesión de días y noches viajando era lo que dotaba de realidad a mi experiencia, una realidad en lenta fuga… Al ritmo del turismo clásico. Hasta que los recuerdos se iban sumando. Dotando de forma al viaje, y por tanto podíamos reconocernos en en los reflejos. A esto se sumaba otra cosa interesante, a veces me encontraba a otros como yo. Nos reconocíamos aún en los aeropuertos, en las escaleras de museos. Nos olíamos. Éramos parte de una sociedad secreta que no celebraba nunca el encuentro. No creíamos más que en la sociedad por medio de la divergencia entre sus miembros. Una comunidad aislada que pertenecía a otras sociedades que realmente no la conocían como nosotros, que nunca los veíamos, una figura del desconsuelo. Yo sufría o enfermaba en estos trayectos. Mi viaje era ser cada vez más del fuego. Y por ello subía la marca que me conducía a la verdad, en la que esperaba alguna vez sucediera algo. Desconocimientos y más realidades me hacía establecer en mí una realidad que pronto terminaría por realizar mi Karma. Por ablandarme como un pan y demostrarme que la realidad era aquello que perdía mi buen amigo, mi decidido amigo, el viaje. La migración de los animales me hacía hablar de potencias, de nuevas ideas científicas que buscaban desarrollo en un blog desconocido. Nadie más atendía a estos sentidos. Ni el viaje mismo lograba reconstruir un escenario nuevo para la resistencia contra la repetición de formas y patrones, viejos hábitos de los que desembarazarse es perder en cierta forma instinto y significado. El viaje que pronto debe abrirse a sí mismo, como una navaja retráctil. Hasta que estoy cada vez más dentro de mí. Amor que me hace constituir un espacio. Y una energía de vuelo. Más adentro del placer que es construir lo que es una torre de babel o lo que sea, de la cual caer al final del texto.

Renuncia

En ese entonces tenía un trabajo bien pagado que me deprimía mucho, y del que deseaba todos los días salir, desembarazarme. Me vestía de saco y corbata. Llevaba unos mocasines lustrosos sobre los cuales tenía siempre ceñidos a los tobillos unos negros calcetines con patrones simétricos. Caminaba en las calles con gesto apresurado, llevando un fólder de piel y un libro en las manos. Libros de papel por los que sentía un cariño sin sentido. La señora que me vendía el jugo combinado por la mañana me creía buena persona, presentable, ideal para su hija, la cual atendía también el puesto y parecía apenada. Tenía carro en el momento (muchos de mis amigos no, y no había nada más que desearan) pero lo sustituí por la incomodidad del metro porque prefería tener tiempo para mi lectura acostumbrada que la comodidad de ir cómodamente arrellanado en el tráfico infernal, con aire acondicionado, música o noticias financieras más gruesas ventanas tras las cuales un mundo lejano que nada tenía que ver conmigo se transformaba. Calles atestadas de publicidad, edificios de los que salía gente a borbotones, escupidas de todas las puertas giratorias, sedientas de dinero se transformaban durante la noche en espacios de basura, perros ferales, neón, cortinas de hierro caídas y desastre por todas partes. Este trabajo de diez horas al día frente a una pantalla de computadora donde desfilaban celdas y números era sólo un contratiempo, un mal necesario, me decía. La literatura era lo mío. Y por ello me acostumbré a leer mientras caminaba el trayecto conocido hasta la boca que conduce a la estación del metro. No le resultaba a nadie extraño un hombre leyendo y caminando. Dentro del metro puedo oler los desayunos, el sudor triste del obrero junto a nosotros, los otros ejecutivos que llevan en la cara la seriedad, la formalidad. Sé que estoy como los demás pasando por un número más entre las masas de empleados que discurren apresurados por los túneles y las tripas metálicas de la ciudad hasta mirar el reloj del andén, aferrándome a la barra cromada, leyendo, mirando de tanto en tanto a cualquier chica con la que hoy me toque estar en el vagón.  Hasta descender, avanzar hacia la avenida Paseo de la Reforma, Distrito Federal. En un edificio, llego a la oficina. Cruzo hacia mi cubículo, y pronto estoy ante la pantalla. Aparece la base de datos, debo trabajar.

         Mi intelectualismo era del todo patológico. Y apenas podía conducirme como una persona normal. Creo que muchas mujeres dejaban de desearme en cuanto veían en mí el rasgo literario, la vena poética, y me hubieran preferido alcohólico de fin de semana, que, por cierto, lo era. O sea, que lo que preferían era encontrar un Hombre. Un cabrón insensible, bestial y capitalista que pudiera mantener la vida sencilla, predecible, cómoda que querían tener en compañía de un par de bodoques que concebiríamos con trabajo después del 30 aniversario de mi mujer ejecutiva que por fin quiere procrear. Y ya no puede.  Aunque en aquel momento podía proveer una vida como ésta sin mayor problema, lo cierto es que sentía que la mía no estaba yendo cómo debería… Me sentía prisionero de la cotidianidad, la misma cotidianidad que tanto abrazaban, y a la que se aferraban mis compañeros de trabajo, que temían no poder hallar otro empleo, otro asiento en la máquina tragamonedas, en el cual hacerse viejos. El mundo va a una velocidad tal que en cualquier momento las cosas podrían cambiar completamente, pero no las bonificiaciones y créditos de casa y carro que esperan obtener en unos diez años, mis amigos, los trabajadores. Divergencia, tentación por la tangente, era lo que yo tenía. Creo que por ello miraba todos los días el computador con una mirada fría, desalmada, vacía y hermosa, dejando que los números se acomodaran en sus respectivos lugares, donde la suma horizontal y vertical cuadrara. Y como otros juegan sudoku, yo me sincronizaba a la aparición de los datos en la base de datos, a la manipulación de las cuentas de opinión sobre los candidatos a cualquier puesto, nombres, columnas de periódico, desinformación.  Cada vez más fuera de una vida que podía llamar Mi vida; y ellos, los de allá afuera, los de los cubículos de enfrente, cada vez más dentro de mí. Pudiendo conmigo.

       Ya desde ese entonces me parecía tonta la comedia. La energía y la baba que los demás ponían en ella. El amigo chistoso, que se creía inteligente siendo muy chistoso. Comedia del resignado, del que se acomoda tanto en la tragedia que comienza a reír mientras el barco cae al final del mundo en un pozo lleno de riscos donde morir. Y ninguna novela de la cotidianidad burocrática podía hacerme justicia.No Kafka… Porque yo pertenecía ya a la tecnocracia, a la empresa, y la dominación era más sútil, y más ensañada. Por lo que sólo abriendo el procesador de textos y estirando los dedos podía sentirme dentro de mí. Era una idea con la que desde hace tiempo jugaba, la de perderme en los textos, la de perderme en la ciudad a la manera de tantos otros que habían logrado a fuerza de la perdición en los recuerdos tergiversados y fantasías sobre el porvenir una tentativa muy grande para encontrarse, para saberse dueños del mundo ante sus ojos: ojos de oficinista en un piso doce de cara a Paseo de la Reforma, carros pequeños, gente diminuta como en una maqueta. Hermosa visión. Y bases de datos. Destrucción que operaba sin dejar de lado realmente nada. Nada de nada. Y eso era lo que yo ya tenía pensado desde entonces. Así que si los días eran estos trayectos; por las noches muchas veces regresé caminando, después de horas de trabajo, sudado, cansado, harto de lo que vivía ahí, y más en su mundo que en el mío para llegar a un departamento prístino, en el que dormía antes de levantarme al otro día. Y a empezar de nuevo. Hay gente que a mi parecer está constituida para ser empleado toda su vida. Aunque sea difícil de creer, realmente aman al sistema que los estresa en empleos que dan salarios miserables con los que pagan las enfermedades que causa el empleo en primer lugar.

           Y las conversaciones que tenía con un amigo del trabajo me hacían irme haciendo cada vez más a la idea de que este mundo de neurosis y estreñimiento es la vida. Trabajábamos en frente de la PGR, y veía a los embusteros agentes judiciales, con una raya dorada de tinte en el pelo, placa en cadenita brillando en el pecho, vendiendo ropa interior en la cajuela del auto, para putitas de baja escala frente a los tacos donde desayunaba. Si estas putitas de baja escala existían o no sólo los agentes podían saberlo, pero las tangas fosforescentes no ayudaban a la imaginación. Era entonces ahí donde la oficina se abría a todos esos mundos que tantos novelistas han querido retratar, y que a mí me aburre de sobremanera. Siendo la excepción Kafka. Y es que todo lo que hacíamos nosotros realmente era darnos cuenta de que la verdad no es como la pintan las cosas. De que no podemos hacer arte en estos espacios, no es posible. Hay un pecado de origen en todo lo que surge de estos espacios,  aunque la recepcionista nos admire, aunque los de sistemas rían de nuestras bromas y trescientos niños con diademas de telecomunicación estén a nuestro servicio. Ya llegó un ejecutivo, decían al vernos descender en el piso. Y es que escribir, escribir de verdad no puede surgir de los espacios muertos que ha creado el capitalismo tardío, los lugares de falsa acción, falsa vida, poca energía, nada de vida.

          Hacíamos tiempo en los centros comerciales. Subiendo  y bajando  suavemente en las escaleras eléctricas para ver las tiendas vacías en las que esperaban que gastáramos el salario que nos daban. Y en donde se iban apilando los deseos incumplidos de la mayoría, el fulgor tras los aparadores que hace soñar a las mujeres. Es cierto que algunas veces compré ahí ropa, y que me entregué al consumismo de mi salario. Que lo gasté en putas. Que lo gasté en todas las tonterías que pude hasta darme cuenta de que no valía nada. Tenía una muchacha de servicio que me hacía la vida más fácil, y mantenía impecable mis ochenta y cinco metros cuadrados. Desperté un día en un cuadrito de suciedad; alrededor de mí había limpiado Ceci toda la casa. Creo que lo del alcohol era realmente un problema. O sea, las cosas pasaban de una forma u otra haciéndome encontrar sólo en el trago de fuego la verdad, la potencia que me hacía falta para poder no pensar durante el fin de semana. En el antro, un amigo y yo, veíamos a las chicas, y andábamos de predadores, en una mesa con una botella de wisky al centro, como símbolo fálico de nuestro éxito, trago ámbar de fuego que me permite no pensar, no pensar. Pronto comenzamos a ligar lo que fuera o lo que tuviéramos a mano… Una mano que se pierde en la espsura de la niebla como si se tratase de una cabellera. Terminábamos en moteles con desconocidas que gemían en la oscuridad, aún puedo sentir esos gemidos en el oído. Escribíamos entonces como si contar nuestras penas a la página fuera en cierta forma ayudarnos a hacer pasajero lo que se había vuelto constante, al desalojo pues de las emociones excesivas, la fuerza extraña de la mente inquieta que se vuelca, al no encontrar objeto ya en el exterior que produzca curiosidad, sobre sí misma, creando en torno a uno cada vez más una pulsión vaga y furiosa hacia cualquier tipo de actitud que sólo puede perjudicarnos. Me miro en el espejo un día después del sexo. Y por ello escribir. Quizás tendría que decir que la escuela lentamente me iba valiendo madre. Ya nada me importaba más que estar en el trabajo, sin poder ser realmente alguien más en el mundo de los negocios, de los adultos y de las mujeres en traje sastre, que pronto dejaban de sufrir por el amor, de adorar con inocencia, y que se comportaban pusilánimamente, igual que todos en ese ambiente neurótico que priva en las oficinas, y que nadie puede cambiar. Porque cambiar esos ambientes en cierta forma significaría la reconstrucción de buena parte de la realidad social que el capitalismo crea. En nuestra realidad la gran mayoría tenemos el largo suficiente de corbata para ahorcarnos. ¿Hablar de las nalgas de una colega del departamento de diseño? La soledad de mi propia persona. Pronto, la quincena. La casa de putas. El cuerpo de una chica de Guadalajara con un colmillar de plata, de donde sale una voz tierna, y un baile en tubo, oscuridad. Lejanía. Nada qué hacer. Y despertar al otro día vacío de vida. Listo para iniciar otra vez la sensación del mundo. Los demás aprovechaban su salario, y yo lo tiraba, simplemente por tirarlo. Porque la vida era más importante, porque no creía realmente que tuviera que cuidar nada. ¿Por qué cuidar lo que de hecho no tiene sentido? El hijo que no he tenido. Dinero que me quemaba las manos, porque si no, si no es este el momento de mi vida, entonces, ¿cuál es?

         ¿Por qué dejamos los trabajos? ¿Cuál es realmente el nacimiento del impulso de fuga? Estamos sentados frente a frente en las salas de juntas, y dan ganas de abalanzarnos sobre el estúpido que tenemos del otro lado, hasta clavarle un lápiz en la yugular. Pero no podemos hacerlo. Simplemente porque las leyes se oponen, y han logrado hacernos ver cada vez más como personas sumisas que deben guardarse de toda humillación, incluyendo la física de las reacciones instintivas, la capacidad de adormecer al hombre vivo en un ambiente de confort, microclima antiséptico. Caminar por ello a través de las cosas. No decirlas realmente. Sentir lo que no se ha sentido. Entrar a la oficina con el gesto apresurado con el que evitamos a los demás que se llevan tan bien con una vida a ritmo lento, de filas que se suman a otras filas aunque estas filas conduzcan a un matadero o a lo que sea. Un jefe a quien adular, como necesidad imperante. Y gente que siempre quiere ganar la atención cayendo bien. Haciéndose el que cayendo bien se conquista al mundo. Nivel tras nivel tras nivel de tontería en la que todo puede irse mezclando, como si se tratara de una licuadora en la que entrara por un lado toda la mierda del mundo en esos trabajos de mierda con los que nos plantamos en el mundo. Subimos calmadamente. Yo creo que sólo una persona sin sangre en las venas puede estar en esos lugares. Prefiero ser vagabundo.

        Una verdadera amistad no puede darse en los trabajos de la demandada tecnocracia. Porque la naturaleza del espacio nos motiva para la agresividad soterrada, para el individualismo enajenado, para romper con la humanidad de los demás que es lo mismo que romper con nuestra propia humanidad. Táctica y estrategia. Corporativizados, sentados ante la pantalla, cobrando el cheque lastimero cada quincena con el que mantenemos un ritmo frenético que nos conduce a través de túneles, viaductos, anillos, distribuidores, mega estructuras del tránsito en que miles de carros van hacia adelante, siempre hacia adelante, aunque veamos los ojos de un vagabundo. Un ser que recorre las calles con periódicos, con fardos, con costales. Un hombre alejado a todo esto. Y en sus ojos ser también el niño pródigo entre los bólidos metálicos. Un hombre que no tiene amigos. Y que después de llegar a su pulcro departamento en el que no vive, apenas tiene tiempo para hacer algunas lagartijas, genuflexiones, mancuernas ante el espejo donde nuestra imagen crece ante nosotros. Dormir un reposo profundo, sin sueños. Abrimos los ojos a las ocho am. Vamos en un estado casi implorante hacia la regadera, cuyos primeros brotes calientes nos despiertan los nervios de la espalda, nos revitalizan las conexiones de forma que ya somos otra vez personas vivas, y nuestra posición en la realidad emerge. Ciudad del color de la ceniza. Voy caminando entre las calles acercándome por los callejones, dando vuelta hacia la gran avenida en la que toda la gente comienza a ir y a venir. Y camino. Hay tiempo esta mañana para respirar el sol. Llevo un jugo de naranja en las manos, me siento mucho más libre que otros días. Puedo comenzar a estar en mi propia persona. Sé que me veo guapo, sé que produzco esa reacción en las mujeres que me miran. Que parezco un joven realizado, de éxito. Un hombre al que mirar hacia arriba. Un ejecutivo falso. Un chico que va leyendo mientras camina todos los días al trabajo, igual que los demás. Avanzando hacia mí propia persona. Pronto estoy en un lugar de aquéllos que llamamos metro. Sé que estoy sentado como los demás entre muchas personas, aferrándome a la barra cromada, leyendo, mirando de tanto en tanto a cualquier chica con la que hoy me toque estar en el vagón. Sintiendo que las cosas son nuevas, sí, pero que pasan por algo, y que tienen un nombre y que llevan a un lugar. Hasta descender, avanzar hacia la avenida Paseo de la Reforma, Distrito Federal. Llego a la oficina. Cruzo hacia mi cubículo, donde saludo a uno que otro, y pronto estoy ante la pantalla. Aparece la base de datos, debo trabajar. Estiro los dedos y escribo este texto, casi sin pensarlo, sin disfrutarlo, una semilla de texto de la que no espero nada, y sin embargo libertad. Luz, miedo del mundo, sin trabajo, miedo de los padres, de la novia que dejábamos atrás. Y un mundo enfrente, enorme, lleno de vida, de gente viviendo. Y empezar a hacerlo. Pero de eso luego escribo. Por lo pronto vuelo…

prueba de imprenta

El texto se escribe de golpe, nos agota. Visto de nuevo a la hora de la relectura nos parece inexpresivo, racionalista como una piedra. No compromete en nada nuestra identidad como escritores o como estudiantes o como lo que sea. Avanzan firmes las primeras oraciones como soldados por el estrecho margen de lectura que nos permitirá el temido corrector/editor/profesor, para terminar en formación tembleque, pendiendo del risco en la última sílaba del párrafo. 

Se hacen las primeras correcciones: sacamos y metemos material, removemos aguas, insuflamos vida a la pequeña bailarina de barro. Avanzan las palabras, una tras otra, dejando a la espalda las trabajadas líneas; una vez traspuestas por el ojo del lector para siempre infértiles. El error salta a la vista, y nos arruina la impresión de aquella imagen en la arena de la mente. La idea interrumpida, mal planteada, sin comas, se nos desboca. Mucho ojo con el sistema de citación Harvard. La mancha semianular de café que dejó la taza sobre el papel ya no nos importa. Entrevemos el texto acribillado por la bic roja de un airado profesor. Nos sobra un punto al final de las oraciones.. Repetimos repetimos palabras sin que podamos sacarlas definitivamente del texto. Encabalgamientos y subordinaciones se aglutinan para desdibujar el significado que corría a través de una selva de poderosos símbolos y cuarteadas filosofías escritas en mármol.
Borrador y borrador.
Nuestro genio se desparrama, se va desinflando, se va quedando como el mundo, seco, y habla por hablar. Escribe ya por escribir. Y lo que antes era motivo de alegría, hoy es crítica del mundo. Análisis formal y letra muerta.
La tarea que tengo que escribir para mi seria universidad versaba sobre algo que he olvidado apenas crucé el umbral de la oración de apertura. ¿Debo decir que se acumulan las novelas en torno a mi cama? Los libros se desordenan en la mesa sin que recuerde haberlos movido. Las mujeres que llegan a mi estudio cogen uno, luego le dan rápidamente la vuelta para ver en la contraportada el falso contenido, que promete emoción, amor, seducción, orgasmos de cuerpo entero que las dejen con los ojos en blanco como a una histérica epiléptica.
Novelas de detectives que mientras fuman un cigarrillo se enamoran de la esposa de la víctima. Libros de lógica que quieren demarcar el pensamiento de la estupidez y que prometen la Verdad. Mi marcador amarillo fosforescente va dejando constancia de lo llamativo, de lo incomprensible. No me importa hacer un garabato en los márgenes de un aburrido Goethe. Tanto y tanto pensamiento para la inútil tarea de juntar una letra con otra. Mi texto terminará con las otras obras facilonas, fácilmente interpretables. Que no sacan de confort a aquel preseleccionador. Abro el procesador de textos y estiro los dedos, me pongo a perseguir con palabras la barra parpadeante al final del texto.
¿Qué debe salir de estas notas? Nada de carácter autorreferencial. Ningún metatexto que hable del texto mismo. Algo tímido y apocado, que sólo noten algunas cuantas personas, que la mayoría pase de largo. Un texto bien escrito, frío como un iceberg, racional como una piedra.